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Kagbeni - Chele
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EL PERFIL DEL RECORRIDO |
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DATOS
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Kagbeni |
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| 28º 46' 59,31 N |
| 83º 43' 49,68 E |
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Chele |
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| 28º 55' 51,60 N |
| 83º 49' 39,60 E |
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Altura de salida |
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2.749 m. |
Altura de llegada |
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3.050 m. |
Recorrido |
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Dificultad |
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ASÍ TRANSCURRIÓ NUESTRO DÍA
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A cada paso el paisaje cambia y nos sorprenden formas cada vez más caprichosas
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¡Por fin entramos en el reino de Mustang! A partir de aquí el paisaje cambia drásticamente. Caminamos literalmente rodeados de montañas de cantos rodados, de barrancos de arena, de inauditas formas que nos recuerdan con insistencia que otrora estas tierras, hace millones de años, estuvieron bajo las aguas. El río Kali Gandaki es nuestra referencia, y nuestro castigo, ya que sus recortadas márgenes nos obligan a subir y bajar pronunciadas e interminables pendientes que, por otra parte, nos reconforta con las impresionantes perspectivas que vamos descubriendo. |
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El viento azota incansablemente estos parajes y su presencia se evidencia por la forma de los matorrales que, en un inigualable ejercicio de adpatación al medio, han conseguido estas formas redondeadas, de menor resistencia al viento, en cuyo interior se ha ido depositando, poco a poco la arena, configurando como pequeñas dunas cubiertas de vegetación que resultan sumamente estables.
La imagen inferior muestra una de las numerosas subidas que es necesario salvar para seguir el curso del río. Sin necesidad de comentarios, quedan patentes tanto la dureza de este tramo como su extraordinaria belleza. |
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En medio de esta zona semidesértica la nota de color la ponen los pequeños oasis, sobre los que se asientan las poblaciones y, que se han convertido en fértiles huertas por el esfuerzo de sus aguerridos pobladores.
Según avanzamos las formas son cada vez más caprichosas. Aquí apreciamos con toda claridad que esas aparentes columnas rocosas no son más que restos sedimentarios de cantos rodados y arena compactados durante millones de años y redescubiertos por la incesante acción de las aguas.
Se construye con lo que la naturaleza proporciona en abundancia: piedras y barro, por lo que la integración de cualquier monumento en el paisaje es de una armonía total. |
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Después de una larga caminata Chele nos sorprende vigilante desde lo alto de rojizos acantilados, a los que ascenderemos empujados por la fuerza del viento que se arremolina a nuestras espaldas.
Este pequeño enclave, cerrado por una muralla que lo defiende de la incansable fuerza del viento, nos depara algunas sorpresas interesantes: en sus calles descubrimos numerosos arados de madera. Son auténticas obras de arte realizadas sin ningún otro elemento, y que se siguen utilizando en la escasa pero productiva agricultura.
Sus bien resguardadas calles nos hablan de la necesidad de protegerse del azote casi constante del viento. Aquí podemos observar los colores que marcarán el resto de nuestro viaje por el reino de Mustang. Son los colores de la tierra.
Otra de las sorpresas que nos aguardaban en Chele fue el encuentro con los dos maestros quienes con una amabilidad extraordinaria nos invitaron a tomar un té en su modesta vivienda, mientras hacían de anfitriones de lujo para unos caminantes cansados por el esfuerzo de la jornada. ¡Cuanta vocación!. En aquella cálida habitación el viento gime entre los plásticos que a duras penas cierran las ventanas, mientras en un rincón tintinea el pequeño hornillo de queroseno que nos reconforta con los tenues vapores de un humeante té.
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