Horas y horas de caminar. Desde la salida de Chele hemos realizado una interminable y espectacular subida. Caminamos entre borde de un profundo cañón y con paredones de tierra a nuestra derecha. El camino era angosto y excesivamente estrecho en algunos casos, como cuando nos cruzamos con alguna caravana porteando hacia el sur. En estos casos hay que ser siempre precavido y situarse contra la montaña para que evitar que un animal nos golpée con su carga y pueda arrojarnos al vacío.
Después superamos un larguísimo trecho, lleno de trampas que a punto estuvieron desmoralizarnos. Me explico: sales de una curva y te enfrentas a kilómetros y kilómetros que te conducirán hasta el horizonte. No se ven grandes obstáculos y lo afrontas con alegría, hasta que comienzan las "trampas". Numerosos "riachuelos" han originado durante millones de años, profundas cárcavas que te obligan a descender vertiginosamente para luego ascender y recuperar el falso llano. Son auténticos rompepiernas de escalones, cuando los hay, irregulares, o de terrenos arenososo y con piedras en los que fácilmente puedes resbalar.
Los puntos de inflexión, los más altos, están marcados por banderas de oraciones atadas a un mastil sujeto por montones de piedras que los caminantes van añadiendo para solicitar la protección de los dioses. Cuando vas sin aliento la única esperanza es divisarlos. Allí recobrar el aliento e iniciar el anunciado descenso.
Pasamos Syanbochem, un lugar hinóspito en el que tan solo dos lodges ofrecen refugio al viajero. Nos parece que debe ser un lugar de paso y, a pesar del cansancio, decidimos comer y continuar hasta Ghelig. Una decisión que hay que meditar ya que el resto del camino es largo.
Esta noche será necesario que durmamos bien, con atención a los menores síntomas del mal de altura, ya que la etapa que nos espera mañana nos llevará por encima de los 4.000 metros. |